Las personas tendemos a buscar la felicidad fuera de nosotros mismos. Como corredores de fondo, vamos superando obstáculos para llegar a esas metas que suponemos que nos proporcionarán la anhelada virtud de la felicidad. Esas metas pueden manifestarse en un sinfín de expresiones, que funcionan como varas de medir de nuestra idea de alcance de la felicidad: un Iphone último modelo, un novio, unos zapatos, un trabajo nuevo, reconocimiento social, un viaje a Cancún…

Coincidiendo con la entrada de la primavera, este pasado miércoles celebramos el Día Internacional de la Felicidad. De aquí viene nuestra reflexión: ¿qué nos hace felices? ¿Son compatibles el trabajo y la felicidad?

Para Aristóteles, la felicidad humana tenía que ver con las actividades del alma racional, es decir, aquellas que nos enriquecen el intelecto. Si trasladamos el concepto a nuestro mundo cotidiano, muchos relacionaremos esto con los estudios o con el trabajo. Pero, ¿cuando estudiamos o trabajamos somos felices? Toda norma está sujeta a excepciones, pero por regla general acostumbramos a querer dejar de trabajar o acabar de estudiar para disponer de tiempo y arañar esa pizca de felicidad que pensamos que las ocupaciones nos roban, y no creemos que la rutina sea un sustitutivo de nada.

Otros definen la felicidad como ausencia de miedo, como en el caso del polifacético Eduard Punset, mientras que la actriz Ingrid Bergman dice que se trata de poca memoria y buena salud. Históricamente ha sido un concepto que ha suscitado infinidad de estudios, pero podríamos encontrar tantas definiciones de felicidad como personas en el mundo. Este concepto trasladado al mundo empresa ocupa nuestra reflexión de hoy.

La rentabilidad de una empresa depende de muchos factores, pero uno de los fundamentales, sin duda alguna, es el capital humano del cual dispone. La mano de obra es uno de los activos más valiosos y, si la rentabilidad de un negocio, en gran parte, depende de ello, sería cuestión de poner las herramientas para conseguir que los trabajadores estén contentos.

Pero ante el actual panorama parece casi una utopía hablar de empleados felices y que llegan motivados a su puesto de trabajo. ¿Existen? La respuesta es sí, pero nos atreveríamos a decir que se encuentran en peligrosas vías de extinción. Muchas personas se cuestionan incluso el porqué de dedicar la vida al trabajo si ésta es la única manera de no hacerse rico. Si no estamos siendo muy negativos, parece que ser –o mejor dicho- que sentirse feliz y trabajar no sean términos compatibles. Sin embargo, según un estudio de “felicidad en el trabajo” realizado el año pasado por la empresa de gestión de recursos humanos Adecco, el 97% de los empleados españoles cree que la felicidad les hace más productivos. Y el valor aportado por dicha “productividad” puede traducirse en beneficios empresariales e incluso erigirse como el diferencial que permite a una empresa desmarcarse de su competencia.

Siguiendo esta regla de tres, ¿deberían las empresas dedicar más esfuerzos en invertir en la felicidad de sus empleados y ahorrar más en planes comerciales y de marketing? O ¿debería el trabajador traer la felicidad puesta de casa? ¿Se convertirá el ser feliz en un requisito mínimo para los candidatos de un proceso de selección?

No cabe duda que la felicidad en el mundo empresarial es muy complicada de medir pero parece claro también, que si se consiguiera, habría más negocios redondos y menos empresas en crisis.

Escrito por Acompany

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